14 diciembre, 2011

ANTONIO BACHILLER Y MORALES

Un insolvente en La Habana, o el hombre-macao

La pobreza considerada como temible calamidad, y mayor que todas las plagas de Egipto, pierde mucho de su fealdad y hasta se convierte en un oficio que da pan y dinero en nuestro excepcional país. Decía un célebre escritor moderno que España es el país de los viceversas: a vivir en la fértil Cuba, hubiera escrito que tal de sus provincias es el lugar, flor y nata de las excepciones. No en balde hay quien le desea la quimera de una literatura excepcional.
La clase de insolventes se divide en varias especies que tienen su tipo especial cada una. Según la especie, son caracteres diferentes los que les distinguen: por lo regular, el insolvente es semejante a nuestro macao, no tiene casa, sino que se cuela en las conchas que ve vacías: digo esto porque en mi no corta práctica forense, he notado que son los seres que sufren menos frío que existen en el mundo. Quien vive al abrigo de su anciana madre; quien en la casa de su mujer: ¡oh!, esto es rarísimo en el mundo y comunísimo en La Habana. Cuando pregunta el juez que inquiere la solvencia del pleiteante y asegura éste francamente que nada tiene, ni oficio, y que vive en la morada de su esposa, que los muebles son de ésta, etc., que nada posee... me han dado ganas de poner en seguida, nada posee, ni vergüenza. Si se exceptúa el insolvente casado que vive en casa de su mujer, los demás viven todos al abrigo de algún benéfico ser que hace literalmente el papel de cobertor: abríganse pues que es una bendición.
Si pues el hombre-macao tiene por carácter general el de no tener casa propia, en cuanto a la forma de los órganos son diversísimos. El testaferrea del usurero usa cartera, chupa o paletó de lienzo, sombrero de jipijapa o de paño blanco: es como los cangrejos de Jesús María y el Manglar, de poco cuerpo y mucha boca. Si le quieren conocer ocurran a la Lonja: allí está como en un centro, pues la ejecución judicial que no se pone en su cabeza, él la dirige, eligiendo alguno de su familia, que a veces el macao se reproduce como el pólipo en una larga generación de primos y parientes de las propias trazas.
Tenía yo amistad con un honrado vizcaíno a quien se enredó en un pleito: en tres floreos se quedó sin blanca y su corta fortuna en otros tiempos, cuando Dios quería, pasó a manos que sé yo de quien: yo oí sus cuitas y quise consolar sus lamentos, proponiéndole que hiciese un informativo de insolvencia. Mi honrado cliente se resistía a que su nombre apareciera en los periódicos, proclamando su pobreza según nuestras disposiciones locales. En vano me esforcé por lograrlo, ¿y qué hacer? El agente de mi procurador travieso en el discurrir y holgazán en el ejecutar, como todos ellos, se movió a lástima y antes de que me ocurriera cosa alguna, dijo:
-¿Por qué no hace el señor don Homobono, así se llamaba el tal, una cesión fingida en don Mauregato Uñilargo, que es insolvente que se ocupa de esas cosas?
-La haría en el mismo diablo, siempre que quede yo seguro.
-Pues yo traeré a don Mauregato mañana a las once.
Concertada así la cita y resuelto don Homobono a entregar su bolsa al mismo Satanás, esperamos la llegada del siguiente día. Luego que apareció éste, vi al agente a quien llaman Anudar sus compañeros, entrar con las partes contratantes.
La faz de Uñilargo no fue cosa que me llamara la atención, quizá por la costumbre de verle en los Portales y la Lonja. Después de las salutaciones y de haber tomado asiento, se trabó el siguiente diálogo:
-Me ha dicho Anudar que es usted de oficio cobrador y que cuando usted cobra, no cobra la justicia y sí cuando cobro yo; si usted es cobrador de confianza yo le doy a usted la tercera del cobro.
Uñilargo no pudo resistir el dialecto en que se expresaba mi cliente enredado en negocio de que jamás entendió, y metiendo mano a la faltriquera, sacó una cartera enorme.
-Ven ustedes esta cartera, pues, vean ustedes, aquí hay seis pagarés, todos en estos términos: «Debó y pagaré a (aquí para, renglón en blanco) seiscientos pesos (no son todos iguales) que he recibido en dinero efectivo por hacerme merced y buena obra, etc.». -Pues en seguida cada pagaré renuncia esperas, quita y hasta la sepultura en sagrado que antes se condenaba con esa pena a los usureros, y ahora se va cambiando la tortilla... aquí soltó una grandísima carcajada y encendió un inmenso tabaco.
-¿Y qué me importan sus pagarés?
-Le importan, y a mí también... mire usted: antes de que viniera Tacón yo era tallador de monte... cayó en desuso este oficio y he de buscar uno análogo: heme usted de testaferrea. Yo negocio este dinero ajeno y si no se paga al plazo aquí en el blanco pongo mi nombre, soy insolvente y llama el deudor a Cachano... (otra carcajada interrumpió la expresión)... Cachano no viene y si el dinero y la propina y cuanto gano lo pongo en cabeza de mi mujer, mire usted si estando yo tan cujeado y tan experimentado, deberá usted ponerse en mis manos.
Mi cliente cogió miedo a las carcajadas de Uñilargo y tenía razón: esa carcajada que decía yo me burlo de las leyes, de los hombres y vivo, y no voy a ganar el pan con el sudor de mi frente: esa carcajada que decía, yo me valgo de una arma terrible, como el cirujano en la mesa de un anfiteatro, del bisturí y la cuchilla para dividir al infeliz deudor y alimentarme con su sangre y meter mis dedos en su corazón y sus entrañas. ¡Oh!, esa carcajada era terrible, infernal. Yo no pude dejar de sufrir esa impresión que sólo puede concebirse cuando se oye y no puse más atención al diálogo. Mi cliente quedó por mucho tiempo hablando de las conveniencias de ser insolvente en La Habana.
El hombre-macao puede ser insolvente y pagar casa de cuarenta o más pesos mensuales: hasta puede tener quitrín. A ocasiones no vive al abrigo de nadie, pero vive en un cuarto interior de doña Caridad Camaleona, que sin saber de dónde le vino, paga buena casa y criados y admírense los lectores por espíritu de pura galantería: quien usa más de todo lo que se ve y advierte, es el mancebo que habita en el cuarto por cuatro o cinco pesos al mes. Sucede que los acreedores del insolvente le embargan equivocadamente el quitrín: entonces doña Caridad prueba en tercería que es suyo y protesta los jornales del calesero y daños y perjuicios, y se forma un incidente para tratar de esto en que se hace parte velis nolis el deudor principal; y se forma otro expediente para que se componga el carruaje que sufre deterioro en el depósito; otro incidente para poner uno de los clavos de las herraduras de la bestia, etcétera; mientras tanto el acreedor se cansa y queda demostrado que un hombre-macao, es invulnerable, incombustible. (35)
Cuando se ha adquirido este convencimiento recuerda uno involuntariamente aquellas palabras del rey sabio en la partida segunda. «E son dos maneras de enemigos, los unos de la tierra è los otros de fuera: e los de la tierra son aquellos que moran o viven cotidianamente en ella, e estos son más dañosos que los de fuera.»
Entre todos el hombre-macao es el más perjudicial, porque está libre de la acción de la ley.

Noviembre 1846.

Bografía:
http://www.ecured.cu/index.php/Antonio_Bachiller_y_Morales

08 diciembre, 2011

ANSELMO SUARES ROMERO


Incompleta educación de las cubanas

No habrá seguramente quien desconozca la clara inteligencia que poseen nuestras compatriotas; pero todos convendrán también en que el tiempo dedicado por lo común a su enseñanza, es insuficiente para desenvolver esa rápida comprensión con que plugo a la naturaleza dotarlas. Verdad que en algunas familias, cuyos recursos pecuniarios les permiten llamar profesores a su seno, se prolonga la época en que el bello sexo no debe pensar en otra cosa que ilustrar su entendimiento y en aprender sus deberes; mas si de ahí volvéis la vista a las escuelas y colegios, encontraréis que son muy raros aquellos en que el período destinado para la instrucción alcanza a la adolescencia de la mujer; en casi todos no hallaréis más que, o niñas que apenas saben balbucear las cartillas, o niñas que comienzan a sacar provecho en los diversos ramos que estudian, pero a las cuales sus padres piensan ya, solamente porque van llegando a la adolescencia, separarlas del instituto.
Éstos son hechos que estamos mirando todos los días, y cuyas deplorables consecuencias, por el hábito de presenciarlos, no nos detenemos a calcular. Respondednos empero si creéis que interrumpiendo bruscamente la educación de vuestras hijas en la época precisa en que empezaban a recoger el fruto de sus trabajos, esperáis tener mujeres de ilustración adecuada al movimiento intelectual de los tiempos presentes. Esas niñas señalaban en los mapas muchos lugares con alguna celeridad y exactitud, esas niñas resolvían casi sin equivocarse problemas de aritmética, esas niñas escribían con alguna elegancia y desembarazo, esas niñas decían frases de lenguas extrañas, pintaban un paisaje, tocaban unas variaciones, narraban con mediana firmeza acontecimientos históricos, y definían aunque todavía con oscuridad los inmensos deberes del bello sexo; pero vosotros los que estáis obligados a trabajar sin tregua por el porvenir de ellas, os figuráis que saben ya bastante, y, caso de conceder que las apartáis prematuramente de los institutos, alegáis que no lo hacéis por innobles motivos de interés, sino porque aquí las mujeres no pueden estar a cierta edad lejos de las alas de su madre, que las guarecerán de todos los peligros. Tembláis por consiguiente de exponer a criaturas por quienes os palpita fuertemente el corazón, a que en el comercio con sus condiscípulas, en presencia de malos ejemplos, en el contacto con la gente del pueblo al atravesar las calles, acaso tomen mañana a vuestro hogar sin la inocencia con que entraron en la casa de enseñanza. Miedo santo por el origen de que procede; pero permitidnos que hablando el lenguaje severo de la verdad y pidiendo que en nuestras expresiones por duras que parezcan no miréis sino sanas intenciones, os digamos que incurrís en contradicciones y en injusticias palpables.
No sois consecuentes en lo que hacéis, porque si al llegar vuestras hijas a la adolescencia las encontráis rodeadas de tamaños peligros, estos mismos existen antes de la edad en que asustados las sacáis apresuradamente de las casas de enseñanza. Entonces también recorren las calles y oyen y ven la palabra y el ademán de mala ley dichos y ejecutados ante el abyecto esclavo a quien casi siempre las confiáis para que las conduzcan al instituto; entonces también se hallan en estrecho y perenne contacto con sus condiscípulas de todas clases; entonces también pueden aprender, de los mismos encargados de levantar su inteligencia y de enaltecer sus afectos, lo que debieran ignorar toda su vida. Los riesgos son iguales; la diferencia está únicamente en que las semillas del mal enterradas en el corazón de las niñas no darán sus venenosos frutos hasta una época más distante. Fuera de que, por hacer ostentación de cautos, sois extremadamente injustos no distinguiendo entre las casas de educación, de las cuales todas os parecen buenas para las niñas, y ninguna sin excepción halláis donde no puedan depravarse vuestras hijas desde el momento en que alboree en ellas la juventud. De esta manera os asemejáis al que, devorado por la sed y rodeado de manantiales, prefiriese morir a tomarse el trabajo de averiguar cuáles aguas eran las saludables y cuáles las mortíferas.
Hemos probado que incurrís en una contradicción patente, y que la pereza os arrastra a la injusticia; mas escuchad con benevolencia si todavía volvemos a tachar de contradictoria la conducta que seguís. Acaso contéis con capitales bastantes para sufragar los gastos de una educación ultramar. Oís en todas las bocas que las casas de enseñanza de la isla de Cuba son por lo común malas, y eso es lo que también creéis vosotros; de donde concluís que lo mejor será mandar a vuestras hijas a educarse en alguno de los colegios montados bajo un pie brillante que hay en el extranjero. Sabéis que la ausencia os costará lágrimas; pero el amor paternal os pinta en la imaginación con risueños colores el momento venturoso en que volveréis a abrazar, adornadas de conocimientos extensos, amantes de la virtud y señaladas por la elegancia de sus modales, a esas criaturas cuyo porvenir os preocupa perennemente; y, o vais con ellas para dejarlas instaladas en el instituto elegido, o las mandáis con amigos próximos a embarcarse. De cualquier manera sin embargo, estando lejos de vosotros, no podréis hablar todos los días y a todas horas con las personas que se hallan al frente del establecimiento, ni inspeccionar su conducta, ni escudriñar íntimos pormenores, ni satisfaceros de la bondad de los métodos, ni mirar hacia qué rumbo se encamina el corazón de las discípulas, ni cuáles libros se ponen en sus manos, ni las creencias que se les inspiran. Recibís carta en que tal vez se aplauda la maravillosa inteligencia de vuestras hijas, sus sorprendentes progresos, su dócil carácter, sus sentimientos elevados; y, como es natural, el llanto de la alegría brotará entonces de vuestros ojos. Algunas ocasiones esos encomios fueron merecidos; pero los padres que tal dicha alcanzaron, no reparan en la profunda amargura con que otros han visto desvanecidas las halagüeñas esperanzas que abrigaron al mandar a educar a sus hijas fuera de su inmediata vigilancia. Éstos advierten asombrados y entristecidos que aquéllas no se precipitan ya en sus brazos con el célico alborozo de las hijas que siempre estuvieron cerca de sus padres, que, no encontrando nada bueno en su patria, suspiran siempre por regresar al país donde recibieron las primeras impresiones; que el sacrosanto amor a la tierra natal apenas alumbra en sus pechos; que en sus costumbres hay rasgos diametralmente opuestos a las dominantes del lugar que las vio nacer; que escuchan, con frialdad unas veces, con repugnancia otras, con desprecio quizás algunas ocasiones, las advertencias que les dirigen; que se complacen en la lectura de ciertas obras; que no aman a ninguna de las otras jóvenes compatriotas suyas con aquella afección honda e imperecedera que nos enlaza a los que en la misma escuela aprendieron a leer junto con nosotros; que, tartamudeando una lengua extraña, tampoco saben la nativa; que figurándose a grande altura respecto de cuantos las rodean, a todos los miran con insultante altivez.
Este tardío desengaño, experimentado por algunos de vosotros que creyendo malos todos los establecimientos de educación existentes en el país, apartasteis a vuestras hijas de la escrutadora y benéfica vigilancia paternal para llevarlas a educar donde sabíais como se llenaban los augustos deberes del magisterio, es otra prueba de que no hay consecuencia en vuestras determinaciones. Temíais que las casas de enseñanza de aquí os devolviesen marchitas las flores que les entregabais exhalando el aroma de la inocencia; pero, imprudentes, irreflexivos, deslumbrados por la educación en el extranjero, no pensasteis ni un solo instante en las consecuencias que podría acarrear vuestra funesta credulidad y ligereza. Alguno habrá quizás que al leer estos renglones se figure que nosotros sostenemos que nuestras casas de enseñanza son tan buenas en general como las de ciertos países extranjeros, y que se lo figure porque hemos dicho que no siempre la educación de las cubanas que fueron a aprender en ellas, correspondió a las esperanzas concebidas. Tal no es por cierto nuestra opinión; porque el amor patrio que nos mueve a cantar himnos al sol que entre celajes de nácar y de oro se esconde sobre las pencas ondulantes de las palmas, no ha apagado la admiración que nos causan los progresos que en muchedumbre de cosas han hecho otros países. Fuera de las excepciones, casi todos nuestros institutos son censurables; confesión que solamente el respeto a la verdad pudiera arrancar de nuestra pluma, pero que es necesario tener valor para hacérnosla todos los días, a fin de que empecemos a sacudir el ignominioso abandono con que procedemos respecto de las casas de enseñanza.
Jean-Honore Fragonard. Portrait of a Young Girl Reading. 1776.
Nosotros tenemos la culpa de los vicios que en muchas de ellas nos afligen, nosotros, que amedrentados al pensar en los resultados que podría traer al dejarse a una alumna en el período de la adolescencia dentro de los muros de los institutos mal gobernados, adoptamos la resolución, o de educar a nuestras hijas en el extranjero, o, lo que con más frecuencia sucede, de interrumpir prematuramente su instrucción. Los peligros pululan también en nuestro hogar a manera de reptiles que se arrastran por entre la hierba, si en nuestro hogar somos del mismo modo negligentes. No pensemos tanto en acumular riquezas como en el porvenir de la patria, que está todo encerrado en el entendimiento y en el corazón de los niños de ambos sexos. Trabajemos por proporcionarnos bienestar, por hallar los medios de cumplir nuestras obligaciones, por dejar hacienda a nuestros hijos; ese deseo es legítimo e inocente; pero no nos llevemos nunca los manjares a la boca, no busquemos en el sueño el reposo a nuestras fatigas, sin haber ido antes, no faltando un solo día, al establecimiento en que están aprendiendo nuestros hijos. Si no sabemos cómo aconsejémonos con las personas ilustradas. Si la pereza tiende sobre nuestras almas sus negras y fúnebres alas, y si ella nos infunde el sueño de la muerte, no clamemos por dondequiera que adoramos la patria, porque nos estamos engañando a nosotros mismos. En materia tan transcendental no cabe ningún linaje de disculpas. Movamos los pies, si es que queremos caminar.
Muchas cosas progresan entre nosotros, y lo único en que no se advierten adelantamientos, en que tal vez se retrograda, es en las casas de enseñanza, no porque deje de ser mayor su número, no porque sea más limitado el catálogo de los ramos que se enseñan, no porque no haya honrosas excepciones; sino porque es en lo que se quiere que todo emane de la acción de la autoridad, y de los esfuerzos espontáneos de los maestros. Nos reunimos presurosos para que se construya un ferrocarril, para que se levanten almacenes donde depositar nuestros frutos, para que se creen instituciones de crédito; buscamos instrumentos y máquinas que suplan los brazos africanos que riegan con su sudor los campos de la patria; paramos la atención en el procedimiento que de cierta cantidad del zumo de la caña dará la azúcar más abundante, más consistente y más bella; estamos aprendiendo a arar y preparar mejor las diversas clases de terrenos; vamos ya con alguna frecuencia a nuestras heredades confiadas exclusivamente no hace mucho a hombres ineptos; procuramos llevar por partida doble la cuenta y razón de nuestros negocios; tenemos cuidado de inquirir a cuáles precios corren nuestros productos en los mercados; y los que nos abonamos a la ópera italiana concurrimos todas las noches a embebecernos desde la luneta y el palco con la música y el canto. Pero estos relámpagos de actividad se apagan como por encanto en tratándose de la educación. Entonces decimos que la autoridad es la que debe vigilar exclusivamente sobre las casas de enseñanza, que ella es la que ha de ver si los maestros cumplen con sus deberes, que a ella es a la que le toca expulsar de los institutos a los que encuentre indignos de estar al frente de la niñez. Si fincamos grande empeño en pactar claramente con el preceptor la cantidad que se le ha de abonar mensualmente, cantidad que a menudo se lucha porque sea la menor posible, y cantidad que a la postre suele no pagarse con la caballerosa exactitud con que se satisfacen las deudas contraídas en los degradantes y serviles juegos de azar. Pero después de ajustada esa condición del contrato, decidnos con leal franqueza cuántas veces pisamos los umbrales del instituto donde se enseña a nuestros hijos. Ni un momento tan sólo en todo el año vamos allí a advertir faltas, a exigir su enmienda, a celebrar lo bueno, a cerciorarnos del saber o de la ignorancia de las virtudes o de los vicios, del carácter desapacible o suave, de las palabras decentes o asquerosas, de la bondad o ineficacia de los métodos, de las tendencias elevadas o miserables, de las reprensiones bárbaras o dulces, del orden o desconcierto, de los alimentos abundantes y sanos o escasos y nauseabundos, de las horas que se emplean en las clases, de las que se destinan al estudio, de las que se invierten en las recreaciones propias de la niñez, de los libros cuya lectura se permite, de la vigilancia con que se siguen los pasos de los alumnos, del sueldo que se paga a los profesores auxiliares, del criterio que ha presidido la elección de éstos, de la constancia con que el director recorre sin cesar todas las clases; ni de nada, en fin, que tenga conexión con el porvenir físico, intelectual y moral de nuestros hijos.
Y vosotras tampoco, bellas hijas de esta hermosa tierra, sois más solícitas que vuestros maridos en el cumplimiento de los indeclinables deberes que os impone la educación de los seres que tanto amáis. Con un esclavo, sí, con un esclavo casi siempre mandáis diariamente a la escuela a pie o en carruaje a la niña en cuyas sonrosadas mejillas estampasteis primero el beso inefable que nadie más que las madres saben dar, cuyos cabellos peinasteis con prolijidad, y cuyos vestidos adornasteis de brillante cinta de seda. Esa niña oye y ve en la calle lo que, si vosotras la hubieseis llevado, muchas veces no habría visto y oído. Tenéis cuidado de mandar al mismo esclavo para que la vaya a buscar al mediodía y por la tarde a la hora precisa en que terminan las tareas del instituto, y muy a menudo para que al llegar a vuestra casa se cubran sus infantiles cuerpos de espléndidos atavíos, para que ocupe un asiento en el quitrín, en la victoria o en el coche, para que discurra por los paseos, y para que luego escuche y presencie las melodías de Donizzetti y de Verdi y los melodramas de Romani y de Maggioni. ¿Pero qué hora del día, qué día de la semana, qué época del año habéis destinado para visitar el establecimiento donde entregasteis aquel sagrado tesoro? ¿Por ventura vais siquiera a los exámenes públicos de fines de año? Vemos allí entonces en derredor de los individuos de la comisión a las niñas que se están examinando, vemos a la directora, a las preceptoras y a los maestros auxiliares, vemos al pueblo agrupado a las rejas de las ventanas; pero los rostros bañados de santa unción, los rostros cariñosos, dulces, tiernos, los rostros en que se pinta el amor más grande que puede sentir la criatura, los rostros que palidecen y se alborozan al escuchar la respuesta que ha salido de labios tantas veces acariciados con millares de besos, los rostros de las madres que por un instante de felicidad para sus hijas no titubearían en dar la vida; esos rostros no iluminan el cuadro con su benéfico fulgor. Las niñas contestan con frialdad, los profesores interrogan con frialdad, los miembros de la comisión escuchan también con frialdad, porque en el venerado recinto de la casa de enseñanza falta una cosa de prepotente influencia, porque falta una sensación poderosísima, porque faltan las madres, que no han querido ver el estado en que se hallan la inteligencia y los afectos de sus hijas. Mas si éstas obtuvieron el premio de una cinta, de una medalla, de un libro, de un certificado, no creáis que las madres dejen de celebrar aquel modesto y honroso triunfo; ellas se apresurarán por su parte a recompensar también con otras cosas la aplicación ya galardonada por los miembros de las comisiones examinadoras; las niñas pueden contar desde luego con nuevos vestidos, con excursiones al campo, con funciones teatrales. Ha habido premios; ¿pero estos premios ejercerán nunca el influjo que en pro del saber y de las virtudes produciría la frecuente asistencia de las madres a los institutos?
Laméntanse sin embargo de que la mayoría de éstos son malos, y dicen que consentirán, porque no les queda otro recurso, en que sus hijas concurran a ellos durante el período de la niñez, pero que en su concepto proceden con cordura sacándolas apresuradamente de allí al acercarse la edad de la adolescencia. Ved en esto el origen de la incompleta educación que reciben nuestras compatriotas. Cuando empezaban a caminar por las sendas del saber, cuando columbraban otros horizontes, cuando las huellas augustas de la reflexión se grababan en sus transparentes fisonomías, entonces aquel instituto mismo, en que estuvo la niña varios años, parece un lugar peligroso para la que ya comienza a ser joven. Las clases de historia, de geografía, de gramática, de composición, de literatura, de idiomas, se interrumpen de súbito. Las alumnas tornarán al seno de la familia con principios elementales de muchos ramos, pero sin haber ahondado en ninguno. No todas ocasiones sabrán resolver sin equivocarse un problema de aritmética, ni escribir una carta con corrección, ni señalar con firmeza en el mapa los lugares, ni distinguir instantáneamente una epopeya de una oda, ni acertar con las causas de un acontecimiento histórico, ni sostener la conversación en una lengua extraña. Arrancándose la fruta antes de haberse madurado, no habría apenas qué lamentar si en el seno de la familia se continuaran siempre las lecciones interrumpidas fuera de sazón. ¿Pero acontece así por ventura la mayor parte de las veces? Cuando más se obliga a las niñas por algunos días a leer un rato, a cursar la letra, a traducir una página; después cesan del todo estos trabajos; y pronto los reemplaza, las diversiones, los paseos, los bailes, las modas, las fastuosidades del lujo, las lecturas frívolas cuando no perniciosas, las inquietudes del alma, las pasiones que todavía no era tiempo que despertasen. ¡Ah!, la culpa no está en las alumnas que tan aprisa dejaron los bancos de la escuela, sino en las madres que antes de tiempo quisieron substituir los sencillos vestidos de la infancia por los refinados adornos de la mujer, avisarles ellas mismas que habían llegado a otra edad, y lanzarlas en el piélago del mundo expuestas a naufragar.
Por eso comenzamos y concluimos este artículo diciendo que es incompleta por lo común la educación de las cubanas. Achácase el mal a los institutos defectuosamente organizados; pero nosotros creemos firmemente que todas las casas de enseñanza en que se instruye al bello sexo serían indignas de conservar a las alumnas en su recinto cualquiera que fuese la edad a que llegasen, siempre que las madres, impulsadas por el amor inextinguible que arde en sus corazones, sacudiesen la letal indiferencia con que miran los establecimientos de educación. En éstos no habría abusos entonces. Las preceptoras y los preceptores indignos buscarían en otra profesión los medios de vivir. No habría que pensar en el extranjero para imbuir las ideas y los sentimientos que aquí pueden inspirarse. Las mujeres de nuestra tierra se prepararían más para llenar las arduas obligaciones de madres de familia: amarían más los libros graves que enseñan y que exaltan la adoración de las virtudes; buscarían más los discursos de los hombres sabios; sus entusiastas pechos palpitarían más al recordar los eminentes varones que cruzaron por el mundo dejando tras sí un resplandor eterno de su genio, de su inocencia y de su heroísmo por todo lo grande y santo; las inspiraciones generosas tendrían más cabida en sus almas; el porvenir inmaculado de sus hijos sería más su único y perenne pensamiento; se acordarían más de su patria; la humanidad se presentaría más a sus ojos en cualquier instante; serían más fuertes, más resignadas, más susceptibles de dejarse arrebatar en alas de la esperanza; se acercarían más al ideal de la mujer cristiana. Madres de Cuba, no hemos tomado la pluma para imprimir en vuestras frentes un baldón, no, ésa no ha sido ni remotamente nuestra idea; cubana era también nuestra madre; en nosotros por consiguiente sería una blasfemia cualquiera frase encaminada a lastimaros. Recibid nuestros consejos como se oyen los de un hermano. La autoridad corrige los abusos que llega a penetrar, hay algunas casas de enseñanza buenas; pero si las medidas de aquélla no llegan a producir todo el resultado apetecible, si los institutos malos hacen cometer la injusticia de que con los otros los confunda la pereza en un mismo anatema de execración, vosotras, madres cubanas, vosotras sois las responsables. Desde el día que no apartéis la vista un solo instante de las casas de enseñanza, podrán permanecer en todas sin riesgo vuestras hijas adolescentes. El desarrollo precoz debido al clima, no tiene en las pasiones y en las costumbres ningún influjo incontrastable. Cuanto penséis y cuanto se pretenda inculcaros sobre el asunto, carece completamente de fundamento. Los signos que indican la acción de la naturaleza, no arrastran por sí solos a extravíos, cuyo origen será preciso buscar siempre en la carencia de principios sólidos de moral, en los ejemplos nocivos, en las amistades peligrosas, en las relaciones con seres abyectos, en los libros depravadores, en el olvido de inspirar dignidad a la mujer, en las conversaciones imprudentes, en los espectáculos públicos capaces de ir estragando poco a poco los afectos, en las recreaciones de familia cuyas fatales consecuencias no se prevén, y en otras muchas causas semejantes, en las cuales el clima no representa esa influencia irresistible y fatal que algunos abdicando la libertad humana, le atribuyen. El sol abrasante que todos los días resplandece con asombradora magnificencia en el profundo azul de nuestro cielo, no merece que se le impute el desconcierto que reina en aquellas escuelas y colegios para el bello sexo, de donde hacéis bien en sacar a vuestras hijas. Los vicios de esos institutos habrían sido los mismos, aunque estuviesen situados en las heladas regiones polares.
(1859)

Ancelmo Suares Romero (La Habana, 1818-1878) Escritor cubano. Colaboró en las más importantes publicaciones de su época, y reunió sus escritos sobre costumbres y paisajes cubanos, y sus juicios literarios, en una Colección de artículos (1859). En 1838 escribió Francisco, el ingenio, o las delicias del campo, novela en que describió los horrores de la esclavitud.

03 diciembre, 2011

RAMÓN MEZA


El carbonero

Muchas veces, por descuido, quedaban abiertas las hojas del cancel de cedro colocado en el vestíbulo del colegio. La calle, cubierta de polvo calizo y la repellada pared de la casa de enfrente, formaban un fondo blanco reverberante, deslumbrador. A lo lejos oíase aquel característico cencerro que sonaba monótono, implacable...
Y a poco, por el cuadrado hueco de la puerta, que figuraba enorme pantalla de transparente porcelana, cruzaba como una gran sombra chinesca, negra, lenta, con movimiento de patas y pescuezos medidos al sonoro golpe del cencerro, el carbonero y su recua. La silueta del hombre, la de los caballos, la del cencerro, la de las colas que servían de atadero al freno de las bestias, los mechones de crines, las orejas gachas, los cuellos inclinados hacia el suelo, los montones de sacos, todo dibujaba con rigidez su línea sobre la blancura del fondo.
Aquel cencerro y aquella recua han desaparecido; mas unas figuras tan extrañas, tan distintas de los demás, dotadas de tan peculiares rasgos debieron de impresionar vivamente nuestra retina. Habrán sufrido, tal vez, modificaciones accidentales; pero en lo esencial, subsisten. Y dondequiera que van las descubrimos: y dondequiera que están las reconocemos: todas ellas se ligan en nuestra fantasía como desordenada sucesión de espectros negros.
¿A cuál de nosotros, siendo niños, no impuso algo aquel hombre cubierto con una caperuza hecha de un saco plegado que le asemejaba a desmedido coleóptero, bañado de pies a cabeza de polvo negro, que se detenía a la puerta de nuestra casa, tomaba del caballo o del carro un gran saco y a cuestas con él atravesaba el zaguán, el patio, la cocina y deteniéndose en la carbonera, aquel cajón grande, oscuro, con una puertecilla baja como de trampa, vaciaba allí su carga que al caer producía ruido áspero y levantaba nubes de negro humo? Temíamos a aquel hombre y a la vez nos interesaba. Cuando estábamos desaseados oíamos que se nos comparaba con él; y cuando no se podían sufrir nuestras impertinencias nos amenazaban con avisarle para que nos llevase. De suerte que desde nuestra más tierna infancia nos hallamos ligados por una viva impresión, por un recuerdo, a la eternamente contristada figura del carbonero. Resalta entre otros del mundo que nos rodea como relieve negro sobre blanquísimo mármol, como esas originales caricaturas de sombra que son manchones arrojados sobre el papel y que por los contornos adivinamos, sin equivocación posible, lo que quieren representar.
Alguna vez, en la verde alfombra que cubre nuestros campos, aparece un gran espacio negro, cubierto de cisco, esterilizado como el terreno que los rieles circundan en los paraderos. Sobre aquellos espacios levántanse cubiertos de tierra y que humean como pequeños volcanes en actividad. Dentro de ellos el fuego devora ferozmente rajas de leña, en no pocas ocasiones troncos de madera preciosa; el ébano, la caoba, el granadillo... se profanan con depararles tan vil destino. Días después los montecillos cesan de humear, se les quita la tierra que los cubre y quedan convertidos en negra y alta pila que se desbarata, que se tritura a mandarriazos. Entre las ruinas hacía su provisión, al frente de su recua, el antiguo carbonero; y atravesando muchas leguas de campo, anunciándose siempre con su infatigable, con su destemplado cencerro, entrábase por las puertas de La Habana repartiendo acá y acullá su mercancía. Hoy es ésta transportada por la goleta costera que arrima su casco a los tablones del muelle y abastece el grupo de carretones, impregnados de cisco que en vez de la recua de otros tiempos, recorren las calles de la ciudad.
Raro será el que al pasear por los muelles o por el puerto no se haya fijado en aquellas negras moles situadas al pie de la pendiente y verde colina en que se alza el pueblecillo de Casa Blanca. Aquel punto oscuro absorbe la blanca luz del sol que todo lo baña. Las lanchas, sin arboladuras, son negras; las andamiadas de madera, negras; los muelles, negros; y contrasta por esto, notablemente, con todo lo esparcido en su redor. Aquellas oscuras moles son de hulla y alcanzan, por algunas partes, ocho y diez metros de altura. El espacio desolado que ocupan parece que ha sufrido la devastación de un incendio, o bien antiquísima ruina, donde todo germen de vegetación ha muerto y que ve de nuevo la luz desenterrada por la piqueta. Una tortuosa muralla de pedruscos aplomados puestos unos sobre otros, sin argamasa, contiene a manera de dique poderoso, la inundación de cisco y sirve, al mismo tiempo, de cómoda calzada que asciende en zig-zag por las negras colinillas. Por esas calzadas, tristes, macilentos, silenciosos, bajan y suben grupos de asiáticos repartiendo, escarbando la masa negra, en tanto que las vagonetas traídas y llevadas, en sus aéreos rieles, por las poleas de las cabrias de vapor, vuelcan sobre ellos con estrépito su carga envolviéndoles en espesas y oscuras nubes.
Día por día cargan y descargan allí amplios lanchones centenares de toneladas. Son estas barcas como negras moles, que flotaban y se mueven como el buque fantasma de la leyenda marina. Los remolcadores las traen y las llevan por el puerto, abandonándolas bajo las cabrias, al costado de los buques, o a la orilla del muelle. En el de San José, una especie de coche movido por vapor, con dos enormes cubos que ascienden y descienden automáticamente, recogen la hulla de lanchas y goletas, atraviesan en altos carriles el prolongado almacén y van a volcar los cubos sobre los carretones que aguardan impasibles aquella lluvia negra en mitad de la calle. Es bastante perfecta la maquinaria que en nuestro puerto se emplea para el acarreo de la hulla.
Sin embargo, hay una parte en que todo se hace a mano y es del lado de los hermosos vapores de la Compañía Transatlántica. Allí es de ver el doble cordón formado por medio centenar de asiáticos para transportar la hulla, en cestos y en grandes pedruscos, desde las lanchas a la insaciable boca de las carboneras del vapor. Aquello parece extraño baile de espectros en pleno día. A compás, unos rostros se vuelven a la lancha; otros rostros se vuelven al vapor. Un cesto se entrega y al punto se recibe otro cesto. Así hora tras hora, dos y tres días. Los pobres asiáticos, míseras armazones de huesos, nervios y piel, saturados de tizne, cubiertos por sombreros de las más variadas formas, entre las que se destaca la gorra de corte alemán que usa hoy el ejército, parecen enfermos de rara epilepsia. Se diría que viven, que respiran, que se alimentan con la hulla, o que han sido cincelados de algún gran pedrusco de aquella masa negra. Algunos hay que han pasado del color amarillo de marfil viejo, propio de la raza, al negro, al negro opaco. Hasta la abundante melena de pelo lacio que asoma bajo la gorra militar, ha perdido su lustre. El rojo de los labios húmedos y los ojos oblicuos, como par de microscópicos novilunios en oscurísimo cielo, es lo único librado del tizne general.
Y lo mismo que a la vista choca encontrar en la verde alfombra del campo, a la orilla, sobre la masa azul del agua, esas manchas oscuras, también extraña hallar en las calles de la ciudad puertas embadurnadas de negro y que tal parece que dan a la sombra. Créese ver la entrada de un abismo, de una mina, de una cueva. Se ve el marco; pero el fondo, sumido en la sombra, no se ve. Cuando la vista se acostumbra a la tiniebla se divisan una caja, un banquillo, una escalera, una polea y pilas de sacos de leña carbonizada que llegan hasta el techo. En lo más hondo, solitario, contristado, revelando en la mirada una como nostalgia incurable de blancura, de limpieza, de aseo, cavila o dormita el carbonero. El marco de la puerta, la negrura que lo rodea producen igual ilusión que esos antiquísimos cuadros, esas aguas fuertes con toques magistrales de Rembrandt que de las imágenes, dibujadas en ellos, apenas dejan ver la barca, la frente y la punta de la nariz: todo lo demás se esfuma, se disuelve en lo negro.Sin embargo, no siempre está sombrío aquel recinto de paredes, de techo, de suelo, de telarañas, de muebles ahumados, repletos de hollín. Tal vez a la caída de la tarde el sol penetra por la puerta y traza una linea diagonal que se pierde entre el flotante cisco antes de llegar al suelo. Aquel escaso rayo de luz parece reavivar allí con su calor la vida. Ojos verdosos de sucios gatos brillan entre las grietas del muro de carbón. Un gallo, de indefinible color, salta al banco o la escalera y canta y aletea levantando densas nubes de polvillo negro. Es que los seres encerrados en la tenebrosa cueva saludan alegremente aquel destello de vida que les llega del mundo exterior y del cual, sin duda, que les separa infranqueable muralla de cisco. De noche la luz de petróleo auxiliada por poderoso reflejo y que arde dentro de prismático farolillo, o bien un mal candil de aceite de olivo que humea, apenas si logran romper, con sus claridades rojizas, la compacta masa de tinieblas.
Nadie osa traspasar el umbral del oscuro recinto; los que vienen a proveerse de carbón se detienen en la acera. Únicamente cruzan y penetran allí otros hombres tiznados que conducen carros ennegrecidos y que no hablan ni tratan con más gente que la del gremio carbonero. Lo mismo se auxilian mutuamente en el trabajo, que almuerzan alegres y reunidos en torno de una mesa de la fonda. Este aislamiento, esta soledad induce a pensar qué destino final cabrá a todos esos pobres seres cuyo tizne es causa de que el mundo evite su roce, rehúya su contacto. ¿Se disolverán al cabo como un borbotón de negro humo en la masa azul del aire? ¿Irán a sumirse, a desleírse en la masa de la hulla de donde parecen haber surgido por generación espontánea...? Puede ser. Sin embargo, no es raro que alguno se frote, se enjabone, se enarene, exhale de sus pulmones y bronquios cisco de carbón que gira en torbellinos como lanzado por enérgico soplete, deje sus sandalias y sacuda su ropa en el umbral del oscuro templo; y limpio, aseado, otro hombre ya, se eleve, se eleve... y por metempsicosis indubitable quede transformado en concejal.

La Habana Elegante, Habana, 9 de junio de 1889.


Ramón Meza y Suárez Inclán (1861-1911)
 Periodista, escritor y pedagogo, Meza nació en La Habana, el 28 de enero de 1861, y falleció en la misma ciudad, el 5 de diciembre de 1911, a la edad de 50 años.
Se graduó de Bachiller en Artes (1877), Licenciado en Derecho Civil y Canónico (1882) y doctor en Filosofía y Letras (1891).
Ocupó los cargos de profesor universitario, subsecretario de justicia (1900), secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (1909), secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País y director de sus Memorias (1900-1909).
Impartió clases de literatura española, psicología pedagógica, historia de la pedagogía e higiene escolar.



08 agosto, 2009

REYNALDO SOTO HERNANDEZ

(Morón-1966)



CARTA DE AMOR A ANTINOO DESDE EL UMBRAL DEL SIGLO

¿En qué pensaste Antínoo, cuando el lodo del río
desesperadamante se amontonó en tus ojos?
¿Qué palabra estalló sobre la piel del agua
con la última burbuja cálida de tu aliento?
¿De qué espesor y hondura era tu soledad,
de qué largo y color tu miedo al desamparo;
¡a la sombra de un rey! la tarde en que partiste?
¿Sentiste miedo, dime, a la hora de confundir
con el frío de tu corazón el frío del fondo?
¿Ya te sabías divino, etéreo, inabarcable,
tocado por el aura sin fin de la belleza?
¿Cuál piedra fue tu cómplice? ¿a qué juncos eternos
se ciñeron tus dedos, para anclar tu cadáver
como una mariposa en el centro del tiempo?
¿Pronunciaste mi nombre? ¿creíste en mí, chiquillo,
que desde veinte siglos después te sigo amando
como si nunca jamás te hubieras ido?

Yo estoy aquí, ¿me ves? de pie frente a tu piedra,
frente a tu noble frente en piedra eternizada,
mirándote morir. Tal vez sacrificándote;
porque debes saber que aunque en ti se haga luz
mi amor desmesurado, y aunque te siga amando
hasta que se me despoble a golpes la memoria,
yo te ahogaría, niño, con estas mismas manos,
tan sólo para que la leyenda de tu entrega,
diminuto gigante, no nos falte a los hombres.

Te tengo dos mil años de lágrimas de deuda
que no podré pagarte. Aquí te traigo en cambio
un girasol, un beso, un pájaro, estos versos,
y el venirte a decir que desde mi distancia
yo quiero ser el pez que cruza por tu rostro
con su aire precoz de ausencia y soledad,
de desesperación y miedo en la mirada.

¿En dónde estás ahora? ¿Encontraste el camino?
¿No se pudrió tu risa en tantos avatares?
¿A dónde van los muertos que mató el amor?


Charlotte, Carolina del Norte. Abril 27-30 del 2003.



PLEGARIA
Para Yoel, así.

Sálvame tú, divina adolescencia;
repárteme en tu arder, hazme tu espejo,
déjame hacerme en ti de mi reflejo,
como una fiebre entrar en tu inocencia.

Riega la curva dócil de tu imagen
por mi cuerpo quemándose en tu asombro,
asúmeme triunfal, ponme en tu escombro
a que a hacerte otra vez mis manos bajen.

Cállame en ti, dador, como he venido;
casi vencida nieve, casi lluvia,
a derramar en ti mi verbo herido

para otra vez nacer bajo tu pluvia.
Deja mi vuelo preso en el fluido
de la extensión alar de tu alma rubia.




QUIJOTISMO

Vístase el mercader de mariposas,
Hágase el general ungir de santo,
Apiádese el verdugo a humano llanto,
Póngase el dictador a dictar rosas.

Asquéese el ladrón ante lo hurtado,
Dedíquese el ególatra al amigo,
Descúbrase el banquero ante el mendigo,
Tórnese el indignante en indignado.

Acábese el poder por el garrote,
Désele licitud a lo prohibido,
Desvalórese el brillo del lingote,

Vitoréese al arte, no al partido.
Vuélquese todo y seguiré quijote,
Que no me engañas, mundo, estas podrido.

01 junio, 2009

SENÉN ORLANDO PUPO

(Holguín, 1973)

UTOPÍA

Yo quiero que la ciudad sea mi novia
Y me bese tiernamente en la mejilla
Mientras dice su desnudez a los hombres.

Para ser su guardián cuando anochezca
Y otro amante –que perdono- la pretenda
Bajo el hondo cielo de la sola estrella.

Y ser quien la seque si ha llovido
O quien la busque por las tardes
Motivado a pasear por la inocencia.

Yo quiero que la ciudad sea mi novia
Para sentirme amado, Al menos una vez, por tanta gente.


CASA FLOTANTE

La casa por el Sena a la deriva
Buscándote, Ciudad, teme perderte,
Teme al polvo herrumbroso de la muerte
Que ante Dios y el amor es efectiva.

La casa por el Sena a la deriva
Sentencia ser el barco de la suerte
Que alejando lo vivo de lo inerte
Continúa en su cárcel intuitiva.

Sin embargo fatal hacia el olvido
Arroja tabla a tabla su figura
Y el rio es madera transparente.

Casa del Sena, bosque convertido
En barco, laberinto y desmesura,
Paisaje de parís tan diferente.
AMANTE
Yo te quiero, señor, aunque tú ansíes
De mí otras cosas que no puedo darte,
De mí un corazón blanco que se parte
Ante cualquier muchacha que sonríe.

Yo te quiero, señor, aunque confíes
Vago en mi desnudez como estandarte
Y puedas con tu fuerza levantarte
Sobre mi piel descalza de alhelíes.

Yo te quiero, señor, pero quebrado
De amor por una esposa deshojada
Que rehúsa nacer desde mis brazos.

Yo te quiero, es verdad, pero he llegado
Al borde de la muerte sin espada,
Con ganas de volar en mil pedazos.


¿CÓMO VOLVER AL POLVO?

¿A dónde irá a parar esta miseria
De días escapados de la vida,
A que palo ataremos al suicida
Cronos para salvarnos de su histeria?

¿Cómo volver al polvo, a la materia
Elemental de Dios si no hay salida?
¿Cuándo será la fuga, la estampida
De las bestias que adentro hacen su feria?

¿En cuál remoto páramo estaremos
Sin un mapa de Dios que nos conduzca
Hacia la puerta donde tocaremos

Los hombres, una vez que se reduzca
Esta abundancia insólita de remos,
Esta manía de huir remota y brusca?

18 mayo, 2009

DELFÍN PRATS

(Holguín, 1945)

FÁBULA DEL CAZADOR Y EL CIERVO

El ciervo escapa, lejos del cazador que lo persiguen
como el juglar al verso que entre nieblas discurre
Cercana la infancia, distantes las montañas
que azulean a lo lejos, al borde del abismo
por donde cruzan, trémulas, las manos del juglar
Toda la expectativa por el futuro incierto está en sus ojos
La yerba fresca, la espesura del bosque
el borde tímido del agua
no pueden ser la obra del azar
como tampoco pueden serlo los amorosos cantos
que el cazador dispone como trenzada red para atraparlo
Lejos de la mirada del juglar el ciervo escapa
por la linde del bosque. El universo:
inocente metáfora de Dios que al unisonó copian
las pupilas del ciervo y el canto del juglar
Y cuando finalmente es atrapado, disuelto en el discurso
ardiendo en el abrazo, que el vino y las palabras enardecen
el ciervo nuevamente escapa
lejos del cazador que lo contempla
ahora en los contextos de la fábula


HUMANIDAD

Hay un lugar llamado humanidad
un bosque húmedo después de la tormenta
donde abandona el sol los ruidosos colores del combate
una fuente un arroyo una mañana abierta desde el pueblo
que va al campo montada en borrico
hay un amor distinto un rostro que nos mira de cerca
pregunta por la época nueva de la siembra
e inventa una estación distinta para el canto
una necesidad de hacer todas las cosas nuevamente
hasta las más sencillas
lavarse en las mañanas mecer al niño cuando llora
o clavetear la caja del abuelo
sonreír cuando alguien nos pregunta
el porqué de la pobreza del verano y sin hablar
marchar al bosque por leña para avivar el fuego
hay un lugar sereno un recobrado y dulce lugar llamado
humanidad

PROGRAMA PÁGINAS DE RADIO ANGULO, EN HOLGUIN, AL QUE FUE INVITADO DELFÍN PRATS video

31 agosto, 2008

JOSÉ ROLANDO RIVERO

(CIEGO DE ÁVILA, 1953)








EL MAYOR DOLOR ES TAMBIÉN SOLO UN CONTORNO*

El que va a partir es una isla dolorosa. Él, que se ignora, es un ángel que viaja a su encuentro en otra Isla que es pródiga.


Él, que es un pájaro y Dios y una palabra que crece dolorosamente desde el fondo de la Isla, va a regresar para definir la partida.
El regreso es la partida.
Es un ángel que ha caído en un mundo caído, y se levanta y arroja las semillas.
Es una nube. El augurio de un Árbol abriéndose en lo hondo de un País como un ángel que regresa.
El País es también una Palabra, otro límite irreal.
El Padre es quien lo espera, los ojos perdidos en el camino desnudo, quien hace la fiesta para el que regresa de la muerte. Él había muerto en su partir.
El Padre es quien recobra su cabeza dócil, como una perla. Inocente, apenas real, ha alcanzado su pureza en alejarse pues también todo viaje purifica, así como todo regreso es hacia el Padre.
El que va a robar el fuego, el que se pierde, es una barca de sombras, un Cordero, una Ciudad perdida entre las llamas, no sabe qué hacer con la luz.
Él, que es la Palabra, es la partida que es todo nacimiento, es el regreso que es todo volver a nacer.
Él, que es la Palabra, ese delirio, va a revelar los signos de la luz.
Ciego de Ávila, 18 de nov. De 1993.



EL VEEDOR DE LOS TAÑIDOS


La señal del ángel
1
El Inocente respira a sorbos la vida,
Buscando un signo en lo oscuro,
La senal
Que traduce el misterio
Que provoca una piedra en el agua,
La espiral ascendente de su cuerpo.
Detenido en la duda de lo tangible,
En la presentida celebración del llanto
Luego del índice en los labios,
Aprehende el latido que lo hechiza.

2
Espero el alba, que se duerme.
Difícil es el alba
En los grises,
En los blancos,
En el frío de la niebla.

Cabeza tristísima, rama,
Perfil sombrío que la deshila.
Triste es el alba
Sin apenas una rosa,
Difíciles que son.

3
Otras palabras
En la diatriba de la yerba contra el viento,
En el ardid de mi desierto urdido.

Las palabras
Del silencio y el escándalo de las cosas vivas
Haciéndome crepitar de gozo.

Otras
En la voz de tus dedos en mi cuerpo,
En las intermitencias de mi corazón,
Como una espada.

4
Descubro la libido del agua,
Sus paredes dulces de flores maceradas.
Agua impúdica,
Desnuda y abierta como una afirmación.
Arco de triunfo en el umbral de lo perdurable,
Provocadora de la cópula en que nos descubrimos.

5
He de andar
Iluminado
Por el leve trazo de su huella en el polvo.
Cántaro sonoro en mi cabeza
Ha de ser,
La vibración del desamparo adentro.

6
Mía
La ternura intacta,
La ordalía del fuego,
Los días,
El mantel como nieve imaginada,
Peces de luz sobre la mesa,
La magia de un futuro mordido
Y la duda
Y el asombro,
Míos.

7
Vea usted,
No son sombras agujereadas
Esas que arrastra el viento.

Vea,
Son las hojas heridas
De los árboles viejos,

Las dolorosas, las últimas hojas.

8
¿Será
Irse perdiendo en uno mismo,
Volver a cerrar los ojos
En el grávido útero que somos?
¿Será
Eso la muerte,
La ineludible,
La maga del circo?

9
Yo no sé
La furtiva densidad del crimen de los suicidas,
La sed de los que renuncian,
Confluencias de lucidez y sinrazón
En los ojos de los ciegos.
Yo no sé
Los conjuros para defender la vida,
La lengua atravesada por la daga,
El ojo colgado en la pared,
El agua virgen, alta.
Yo no sé
Andar sobre las aguas
Aguardando la fertilidad de las estaciones,
El olor de la tierra recién arada
Inaugurando el canto de los pájaros.

Yo no sabía
Qué bueno estar aquí,
Saber que no tenemos todo el tiempo.

10 julio, 2008

EMILIO BALLAGAS

(Camagüey, 1908-La Habana, 1954)

Nocturno y elegía

Si pregunta por mí, traza en el suelo
Una cruz de silencio y de ceniza
Sobre el impuro nombre que padezco.
Si pregunta por mí, di que me he muerto
Y que me pudro bajo las hormigas.
Dile que soy la rama de un naranjo,
La sencilla veleta de una torre.

No le digas que lloro todavía
Acariciando el hueco de su ausencia
Donde su ciega estatua quedó impresa
Siempre al acecho de que el cuerpo vuelva.
La carne es un laurel que canta y sufre
Y yo en vano esperé bajo su sombra.
Ya es tarde. Soy un mudo pececillo.

Si pregunta por mí dale estos ojos,
Estas grises palabras, estos dedos;
Y la gota de sangre en el pañuelo.
Dile que me he perdido, que me he vuelto
Una oscura perdiz, un falso anillo
A una orilla de juncos olvidados:
Dile que voy del azafrán al lirio.

Dile que quise perpetuar sus labios,
Habitar el palacio de su frente.
Navegar una noche en sus cabellos.
Aprender el color de sus pupilas
Y apagarme en su pecho suavemente,
Nocturnamente hundido, aletargado
En un rumor de venas y sordina.

Ahora no puedo ver aunque suplique
El cuerpo que vesti de mi cariño.
Me he vuelto una rosada caracola,
Me quede fijo, roto, desprendido.
Y si dudais de mi creed al viento,
Mirad al norte, preguntad al cielo.
Y os diran si aun espero o si anochezco.

¡Ah! Si pregunta dile lo que sabes.
De mí hablarán un día los olivos
Cuando yo sea el ojo de la luna,
Impar sobre la frente de la noche,
Adivinando conchas en la arena,
El ruiseñor suspenso de un lucero
Y el hipnótico rumor de las mareas.

Es verdad que estoy triste, pero tengo
Sembrada una sonrisa en el tomillo,
Otra sonrisa la escondí en Saturno
Y he perdido la otra no sé dónde.
Mejor será que espere a medianoche,
El extraviado olor de los jazmines,
Y a la vigilia del tejado, fría.

No me recuerdes su entregada sangre
Ni que yo puse espinas y gusanos
A morder su amistad de nube y brisa.
No soy el ogro que escupió en su agua
Ni el que un cansado amor paga en monedas.
¡No soy el que frecuenta aquella casa
Presidida por una sanguijuela!

(Allí se va con un ramo de lirios
A que lo estruje un ángel de alas turbias.)
No soy el que traiciona a las palomas,
A los niños, a las constelaciones…
Soy una verde voz desamparada
Que su inocencia busca y solicita
Con dulce silbo de pastor herido.

Soy un árbol, la punta de una aguja,
Un alto gesto ecuestre en equilibrio;
La golondrina en cruz, el aceitado
Vuelo de un búho, el susto de una ardilla.
Soy todo, menos eso que dibuja
Un índice con cieno en las paredes
De los burdeles y los cementerios.

Todo, menos aquello que se oculta
Bajo una seca máscara de esparto.
Todo, menos la carne que procura
Voluptuosos anillos de serpiente
Ciñendo en espiral viscosa y lenta.
Soy lo que me destines, lo que inventes
Para enterrar mi llanto en la neblina.

Si pregunta por mí, dile que habito
En la hoja del acanto y en la acacia.
O dile, si prefieres, que me he muerto.
Dale el suspiro mío, mi pañuelo;
Mi fantasma en la nave del espejo.
Tal vez me llore en el laurel o busque
Mi recuerdo en la forma de una estrella.

09 julio, 2008

JOSE MARTÍ PÉREZ

El primer trabajo impreso de Martí, que se conozca hasta el momento, es el poema A Micaela, dedicado a Micaela Nin, esposa de Rafael María de Mendive, maestro de Martí, por la muerte del hijo de ambos. Este poema apareció en el periódico guanabacoense El Álbum, el 26 de abril de 1868. Este periódico fue fundado y dirigido por Manuel Nápoles Fajardo, hermano mayor de Juan Cristóbal (El Cucalambé). Martí solo tenía 15 años de edad cuando se publicó este poema.

A MICAELA
1
Cuando en la noche del duelo
Llora el alma sus pesares,
Y lamenta su desgracia,
Y recuerda sus afanes,
Tristes lágrimas se escapan
Como perlas de los mares;
Y por eso, Micaela,
Triste lloras sin que nadie
Tu dolor consolar pueda
Y tus sollozos acalle;
Y por eso, Micaela,
Triste en tu dolor de madre,
Lloras siempre, siempre gimes
La muerte de Miguel Ángel.

2
Allí está! Cual fresca rosa,
Blanco lirio de la tarde,
Sentado en el verde musgo,
Yace tu Miguel, tu ángel,
La imagen de tus delirios;
La noche de tus afanes,
El alma de tus amores,
Consuelo de tus pesares,
Pura gota de rocío
Que al blando beso del aire
Casta brotò de tu seno
Convertida en Miguel Ángel.

3
Allí está! Lágrimas tristes
Anublan tu faz de madre,
Porque les falta a tus ojos
Algo bello, algo tan suave
Como las nubes de oro,
Rosa y grana de la tarde;
Y en el aire que respiras,
Y en las hojas de los árboles
Ves cruzar cual misteriosa
Sombra, de tu amor imagen,
A la perla de tus Sueños,
Al precioso Miguel Ángel.

4
¿Pero no ves, Micaela,
Esa nube y esos ángeles?
Mira! No ves còmo suben?
¿Los ves? ¿Los ves? ¡Triste madre,
Ya se llevan a tu hijo
De tus delirios la imagen;
El alma de tus amores,
La noche de tus afanes,
Pura gota de rocío,
Linda perla de los mares!...
¡Llora! llora, Micaela,
Porque se fue Miguel Ángel!
[Abril de 1868]



ilustración: Eduardo Jo.

27 junio, 2008

JOSE MARTÍ PÉREZ



HIERRO

Ganado tengo el pan: hágase el verso,—
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? pues descuelga
De la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio, y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
¡Oh alma! ¡oh alma buena! mal oficio
¡Tienes!: póstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, tenlos —que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
¡Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
¡Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de eso cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribón y el barbilindo:
¡Las armas no, —las armas son de hierro!

Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! —Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra. ¡Oh verso amigo:
Muero de soledad, de amor me muero!

No de vulgar amor: estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella.
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡Oh, estas damas de muestra! ¡oh, estas copas
De carne! ¡Oh, estas siervas, ante el dueño
Que las enjoya o estremece echadas!

¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen
De comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, —del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.

Del sueño, que las fuerzas no repara
sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡Y miro
El Sol tan bello y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;—
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
¡En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!

¡Sólo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda: las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
¡Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
Los aires de otras tierras: y no vuelan
Del arbolar espeso entre las ramas
Los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, —¡ay! mas el proscripto
De sus entrañas propias se alimenta!
¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan
El honor de vuestro odio: —ya son muertos!
Valiera más ¡oh bárbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!

Grato es morir, horrible, vivir muerto.
¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da Naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!

N.York. 4 de agosto
José Martí
ilustracion: autorretrato de José Martí (el original solo mide dos sentimetros de alto)