03 diciembre, 2011

RAMÓN MEZA


El carbonero

Muchas veces, por descuido, quedaban abiertas las hojas del cancel de cedro colocado en el vestíbulo del colegio. La calle, cubierta de polvo calizo y la repellada pared de la casa de enfrente, formaban un fondo blanco reverberante, deslumbrador. A lo lejos oíase aquel característico cencerro que sonaba monótono, implacable...
Y a poco, por el cuadrado hueco de la puerta, que figuraba enorme pantalla de transparente porcelana, cruzaba como una gran sombra chinesca, negra, lenta, con movimiento de patas y pescuezos medidos al sonoro golpe del cencerro, el carbonero y su recua. La silueta del hombre, la de los caballos, la del cencerro, la de las colas que servían de atadero al freno de las bestias, los mechones de crines, las orejas gachas, los cuellos inclinados hacia el suelo, los montones de sacos, todo dibujaba con rigidez su línea sobre la blancura del fondo.
Aquel cencerro y aquella recua han desaparecido; mas unas figuras tan extrañas, tan distintas de los demás, dotadas de tan peculiares rasgos debieron de impresionar vivamente nuestra retina. Habrán sufrido, tal vez, modificaciones accidentales; pero en lo esencial, subsisten. Y dondequiera que van las descubrimos: y dondequiera que están las reconocemos: todas ellas se ligan en nuestra fantasía como desordenada sucesión de espectros negros.
¿A cuál de nosotros, siendo niños, no impuso algo aquel hombre cubierto con una caperuza hecha de un saco plegado que le asemejaba a desmedido coleóptero, bañado de pies a cabeza de polvo negro, que se detenía a la puerta de nuestra casa, tomaba del caballo o del carro un gran saco y a cuestas con él atravesaba el zaguán, el patio, la cocina y deteniéndose en la carbonera, aquel cajón grande, oscuro, con una puertecilla baja como de trampa, vaciaba allí su carga que al caer producía ruido áspero y levantaba nubes de negro humo? Temíamos a aquel hombre y a la vez nos interesaba. Cuando estábamos desaseados oíamos que se nos comparaba con él; y cuando no se podían sufrir nuestras impertinencias nos amenazaban con avisarle para que nos llevase. De suerte que desde nuestra más tierna infancia nos hallamos ligados por una viva impresión, por un recuerdo, a la eternamente contristada figura del carbonero. Resalta entre otros del mundo que nos rodea como relieve negro sobre blanquísimo mármol, como esas originales caricaturas de sombra que son manchones arrojados sobre el papel y que por los contornos adivinamos, sin equivocación posible, lo que quieren representar.
Alguna vez, en la verde alfombra que cubre nuestros campos, aparece un gran espacio negro, cubierto de cisco, esterilizado como el terreno que los rieles circundan en los paraderos. Sobre aquellos espacios levántanse cubiertos de tierra y que humean como pequeños volcanes en actividad. Dentro de ellos el fuego devora ferozmente rajas de leña, en no pocas ocasiones troncos de madera preciosa; el ébano, la caoba, el granadillo... se profanan con depararles tan vil destino. Días después los montecillos cesan de humear, se les quita la tierra que los cubre y quedan convertidos en negra y alta pila que se desbarata, que se tritura a mandarriazos. Entre las ruinas hacía su provisión, al frente de su recua, el antiguo carbonero; y atravesando muchas leguas de campo, anunciándose siempre con su infatigable, con su destemplado cencerro, entrábase por las puertas de La Habana repartiendo acá y acullá su mercancía. Hoy es ésta transportada por la goleta costera que arrima su casco a los tablones del muelle y abastece el grupo de carretones, impregnados de cisco que en vez de la recua de otros tiempos, recorren las calles de la ciudad.
Raro será el que al pasear por los muelles o por el puerto no se haya fijado en aquellas negras moles situadas al pie de la pendiente y verde colina en que se alza el pueblecillo de Casa Blanca. Aquel punto oscuro absorbe la blanca luz del sol que todo lo baña. Las lanchas, sin arboladuras, son negras; las andamiadas de madera, negras; los muelles, negros; y contrasta por esto, notablemente, con todo lo esparcido en su redor. Aquellas oscuras moles son de hulla y alcanzan, por algunas partes, ocho y diez metros de altura. El espacio desolado que ocupan parece que ha sufrido la devastación de un incendio, o bien antiquísima ruina, donde todo germen de vegetación ha muerto y que ve de nuevo la luz desenterrada por la piqueta. Una tortuosa muralla de pedruscos aplomados puestos unos sobre otros, sin argamasa, contiene a manera de dique poderoso, la inundación de cisco y sirve, al mismo tiempo, de cómoda calzada que asciende en zig-zag por las negras colinillas. Por esas calzadas, tristes, macilentos, silenciosos, bajan y suben grupos de asiáticos repartiendo, escarbando la masa negra, en tanto que las vagonetas traídas y llevadas, en sus aéreos rieles, por las poleas de las cabrias de vapor, vuelcan sobre ellos con estrépito su carga envolviéndoles en espesas y oscuras nubes.
Día por día cargan y descargan allí amplios lanchones centenares de toneladas. Son estas barcas como negras moles, que flotaban y se mueven como el buque fantasma de la leyenda marina. Los remolcadores las traen y las llevan por el puerto, abandonándolas bajo las cabrias, al costado de los buques, o a la orilla del muelle. En el de San José, una especie de coche movido por vapor, con dos enormes cubos que ascienden y descienden automáticamente, recogen la hulla de lanchas y goletas, atraviesan en altos carriles el prolongado almacén y van a volcar los cubos sobre los carretones que aguardan impasibles aquella lluvia negra en mitad de la calle. Es bastante perfecta la maquinaria que en nuestro puerto se emplea para el acarreo de la hulla.
Sin embargo, hay una parte en que todo se hace a mano y es del lado de los hermosos vapores de la Compañía Transatlántica. Allí es de ver el doble cordón formado por medio centenar de asiáticos para transportar la hulla, en cestos y en grandes pedruscos, desde las lanchas a la insaciable boca de las carboneras del vapor. Aquello parece extraño baile de espectros en pleno día. A compás, unos rostros se vuelven a la lancha; otros rostros se vuelven al vapor. Un cesto se entrega y al punto se recibe otro cesto. Así hora tras hora, dos y tres días. Los pobres asiáticos, míseras armazones de huesos, nervios y piel, saturados de tizne, cubiertos por sombreros de las más variadas formas, entre las que se destaca la gorra de corte alemán que usa hoy el ejército, parecen enfermos de rara epilepsia. Se diría que viven, que respiran, que se alimentan con la hulla, o que han sido cincelados de algún gran pedrusco de aquella masa negra. Algunos hay que han pasado del color amarillo de marfil viejo, propio de la raza, al negro, al negro opaco. Hasta la abundante melena de pelo lacio que asoma bajo la gorra militar, ha perdido su lustre. El rojo de los labios húmedos y los ojos oblicuos, como par de microscópicos novilunios en oscurísimo cielo, es lo único librado del tizne general.
Y lo mismo que a la vista choca encontrar en la verde alfombra del campo, a la orilla, sobre la masa azul del agua, esas manchas oscuras, también extraña hallar en las calles de la ciudad puertas embadurnadas de negro y que tal parece que dan a la sombra. Créese ver la entrada de un abismo, de una mina, de una cueva. Se ve el marco; pero el fondo, sumido en la sombra, no se ve. Cuando la vista se acostumbra a la tiniebla se divisan una caja, un banquillo, una escalera, una polea y pilas de sacos de leña carbonizada que llegan hasta el techo. En lo más hondo, solitario, contristado, revelando en la mirada una como nostalgia incurable de blancura, de limpieza, de aseo, cavila o dormita el carbonero. El marco de la puerta, la negrura que lo rodea producen igual ilusión que esos antiquísimos cuadros, esas aguas fuertes con toques magistrales de Rembrandt que de las imágenes, dibujadas en ellos, apenas dejan ver la barca, la frente y la punta de la nariz: todo lo demás se esfuma, se disuelve en lo negro.Sin embargo, no siempre está sombrío aquel recinto de paredes, de techo, de suelo, de telarañas, de muebles ahumados, repletos de hollín. Tal vez a la caída de la tarde el sol penetra por la puerta y traza una linea diagonal que se pierde entre el flotante cisco antes de llegar al suelo. Aquel escaso rayo de luz parece reavivar allí con su calor la vida. Ojos verdosos de sucios gatos brillan entre las grietas del muro de carbón. Un gallo, de indefinible color, salta al banco o la escalera y canta y aletea levantando densas nubes de polvillo negro. Es que los seres encerrados en la tenebrosa cueva saludan alegremente aquel destello de vida que les llega del mundo exterior y del cual, sin duda, que les separa infranqueable muralla de cisco. De noche la luz de petróleo auxiliada por poderoso reflejo y que arde dentro de prismático farolillo, o bien un mal candil de aceite de olivo que humea, apenas si logran romper, con sus claridades rojizas, la compacta masa de tinieblas.
Nadie osa traspasar el umbral del oscuro recinto; los que vienen a proveerse de carbón se detienen en la acera. Únicamente cruzan y penetran allí otros hombres tiznados que conducen carros ennegrecidos y que no hablan ni tratan con más gente que la del gremio carbonero. Lo mismo se auxilian mutuamente en el trabajo, que almuerzan alegres y reunidos en torno de una mesa de la fonda. Este aislamiento, esta soledad induce a pensar qué destino final cabrá a todos esos pobres seres cuyo tizne es causa de que el mundo evite su roce, rehúya su contacto. ¿Se disolverán al cabo como un borbotón de negro humo en la masa azul del aire? ¿Irán a sumirse, a desleírse en la masa de la hulla de donde parecen haber surgido por generación espontánea...? Puede ser. Sin embargo, no es raro que alguno se frote, se enjabone, se enarene, exhale de sus pulmones y bronquios cisco de carbón que gira en torbellinos como lanzado por enérgico soplete, deje sus sandalias y sacuda su ropa en el umbral del oscuro templo; y limpio, aseado, otro hombre ya, se eleve, se eleve... y por metempsicosis indubitable quede transformado en concejal.

La Habana Elegante, Habana, 9 de junio de 1889.


Ramón Meza y Suárez Inclán (1861-1911)
 Periodista, escritor y pedagogo, Meza nació en La Habana, el 28 de enero de 1861, y falleció en la misma ciudad, el 5 de diciembre de 1911, a la edad de 50 años.
Se graduó de Bachiller en Artes (1877), Licenciado en Derecho Civil y Canónico (1882) y doctor en Filosofía y Letras (1891).
Ocupó los cargos de profesor universitario, subsecretario de justicia (1900), secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (1909), secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País y director de sus Memorias (1900-1909).
Impartió clases de literatura española, psicología pedagógica, historia de la pedagogía e higiene escolar.